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domingo, abril 23, 2017

¿Conoces los disfraces favoritos del miedo?

Es difícil reconocer que tenemos miedo. Parece que sentir como nuestro cuerpo se estremece cuando tenemos que enfrentarnos a algo en concreto es signo de debilidad, pero nada más lejos de la realidad. Tener miedo es uno de los aspectos más naturales del ser humano y también de los más beneficiosos en cuanto a supervivencia se refiere. Si no experimentásemos esta desagradable pero útil emoción, probablemente no estaríamos hoy aquí. Es precisamente la emoción que nos reta a ser valientes y nos frena para que no seamos temerarios.


Aunque esta es una realidad que ya casi todos conocemos bien, aun así nos cuesta demasiado normalizar la emoción de miedo porque a su vez, tememos no ser aprobados por los demás.

Pocas personas son empáticas con aquellas que tienen miedo, cuando en realidad, todos tenemos temor a algo, pero preferimos esconderlo porque no queremos ser juzgados de manera negativa. No queremos parecer más débiles o menos valiosos que los demás y es entonces cuando enmascaramos al miedo e intentamos sortearlo con el único cometido de evitar enfrentarnos a las situaciones en las que sale a relucir su rostro.

El resultado es que ese disfraz que le ponemos, no hace sino que envalentonar más esta emoción y que nos resulte mucho más difícil ser capaces de superar las circunstancias que no nos permiten avanzar. Si quieres saber cómo camuflamos al miedo, no dejes de leer.

La pereza disfraza al miedo de “no me apetece”

Cuando tenemos miedo de enfrentarnos a una situación, en ocasiones optamos por elegir a la pereza como actitud que nos libra del esfuerzo que supone tener que exponernos a aquello que tanto pavor nos genera.

A veces parece que la pereza fuera un remedio que nos da cancha para postergar aquello que en el fondo deseamos. El “no me apetece” o “ya lo haré mañana” no es más que parte del maquillaje que usa el miedo para no tener que pasar por las posibles pero improbables consecuencias que podrían acontecer si no marcha todo de forma perfecta.
La actitud que desnuda al miedo disfrazado de pereza es la voluntad, la capacidad para llevar a cabo el objetivo marcado asumiendo todos los inconvenientes que puedan surgir.

El aburrimiento camufla al miedo en un “es que me aburro”

Otra manera muy común que usa el miedo para camuflarse y no ser descubierto fácilmente es el aburrimiento. Si tenemos que enfrentarnos a un problema que percibimos como muy peligroso, aunque realmente no lo sea, es mucho más fácil y cómodo decir que nos aburrimos con ello que dar el paso de arriesgarse y superarlo.

Si por ejemplo tengo miedo a dar una charla sobre un tema que conozco porque en el fondo lo que temo es ser criticado por la audiencia, será más fácil para mí decir que dar charlas es un trabajo que me aburre someramente (aunque en el fondo se que podría apasionarme). De esta manera no seré tan negativamente juzgado o presionado que si digo que hablar en público me produce ansiedad. Tristemente, lo primero se admite más que lo segundo.
La actitud que puede combatir al aburrimiento es el interés y el goce por lo que hacemos: centrarnos en lo que llevamos a cabo, poner solo ahí nuestra atención y sacar el jugo más dulce de las situaciones que experimentemos.

La mentira caracteriza al miedo de un “así nadie se dará cuenta”

La mentira es el disfraz de gala del miedo y su cometido es salir airosos de las consecuencias por haber cometido un error o mostrar una cara que nos provee de mayor aceptación por parte de los demás. Aunque es cierto que la mentira no está tan aceptada como los restantes disfraces, también supone una vía de escape que alimenta al miedo.
Cuando mentimos, mostramos una parte de nosotros o de nuestra vida que no es la auténtica y de esta forma, las demás personas creen en una realidad inventada que muchas veces evita que seamos juzgados.

Ocultar que algo nos aterra y mentir al respecto o bien dar excusas, ayuda a corto plazo a que nuestra ansiedad no salga a la luz, descienda y nos sintamos más relajados. El problema es que como en los anteriores casos, a largo plazo las situaciones no logran ser superadas correctamente.

Si algunas veces disfrazas tus temores con alguno de estos tres trajes, podrás percatarte de que lo único que vas a conseguir es bloquearte en el punto en el que estás y no ser capaz de hacer frente a aquello que temes. Lo más sensato, aunque cueste, es normalizar el hecho de sentir miedo a veces, otorgarnos el derecho a experimentarlo y sobre todo dejar de cubrirlo con actitudes perezosas, aburrimiento o mentiras ¿Te atreves a desnudar a tu miedo?

Alicia Escaño Hidalgo

sábado, abril 22, 2017

6 secretos para vivir a plenitud

1. Agradece siempre, lo bueno y, lo "malo", porque todo es aprendizaje y lo que hoy duele mañana puede parecerte una bendición.
Agradece tu salud, tu familia, tu trabajo, tus amistades, tus posesiones, todo lo que has logrado y lo que no, porque debe de haber una razón poderosa para ello, confía que algo mejor te espera.
Agradece cada día, cada respiro, cada acción, la vida es una constante evolución y tú eres un ser de luz siendo perfeccionado mediante las circunstancias cotidianas.



Así que despierta por la mañana y agradece que estás vivo y que tienes una nueva oportunidad de amar y ser amado, disfruta al máximo tu vida, sé útil a otro, respira, ámate, consiéntete, sonríe y haz que ese día valga la experiencia y sea digno de ser recordado. Por la noche agradece lo vivido, piensa en lo que no conseguiste, aprende de ello y déjalo atrás. Pon en manos de Dios los pendientes y descansa con paz en tu alma.

2. Bendice a tu familia, a tus amigos, a tus compañeros de trabajo, a los que se te atraviesen en el día; bendícelos en lugar de juzgarlos, recuerda que cada quien tiene su historia y su razón de ser como son y aunque no estés de acuerdo con esa manera mándale luz para que en su momento se dé cuenta de sus heridas y pueda trabajar sobre ellas y liberar a su niño interior.

3. Perdona, no cargues con el lastre del rencor, muchas veces guardas ese dolor en tu corazón y la otra persona ni se da cuenta de que te lastimó. Mira en tu interior, perdónate por tu parte de responsabilidad, mucha, poca o nada, y perdona a esa persona que te hirió con o sin intención, pues vive sumida en la ignorancia y por eso se comporta de tal forma.

4. Líbrate también de la culpa, no sirve de nada. Asume la responsabilidad que te corresponde y si hiciste algún daño trata de compensarlo. Eres tu peor enemigo cuando te juzgas por no cumplir las expectativas propias o las de los demás, así que mírate con amor, acéptate y trátate como la persona más importante del mundo.

5. Aprovecha cada día para ser mejor, para aprender algo nuevo, para mirar las cosas desde otra perspectiva. No seas prisionero de tus creencias, de nada sirve rechazar todo lo que sea diferente a lo que piensas, abandona la postura defensiva y da la oportunidad de valorar esa nueva idea y decide si la aceptas o no. 

6. Abandona la idea de querer controlarlo todo. No puedes controlar lo que está fuera de ti. Ni los pensamientos, sentimientos, palabras, acciones de alguien, ni las diferentes situaciones y escenarios de la vida. No puedes controlar la fuerza del mar ni la dirección del viento pero si eres el capitán de tu propio barco. Dedica tus esfuerzos a calmar tu mente, a evitar imaginar cosas que no son reales, a suponer las reacciones de los demás, a aceptar, vivir y dejar ir las emociones.

Bendiciones para ti y tu familia, gracias por leer estas líneas y seguir la página “Atrévete a ser feliz

Wilmer Ramírez

viernes, abril 21, 2017

Futuros inciertos no son razones para arruinar presentes de oportunidades

Cuando tu mirada se centra en la vida que te rodea y no en futuros inciertos sellas una apuesta por el presente. Puedes sentir cosas que de otra manera no podrías. Incluso tú mismo generas la oportunidad de valorar aquello que te rodea y que se merece un “GRACIAS” en mayúsculas.



Todo es transitorio. Tenemos una vida entre manos. Una VIDA. Un tiempo finito en un espacio inmenso y fértil, lleno de diferentes posibilidades y oportunidades. La vida nos rodea con su enormidad. Está ahí para nosotros, esperando a que despertemos y la sostengamos fuerte con nuestras manos. Sin dudar, sin flaquear.

Pasamos mucho tiempo de nuestra existencia deseando que lleguen situaciones que son inciertas, que cambien personas, o incluso esperamos a que cambiemos nosotros mismos. Entramos en una especie de visión de túnel que nos impide ver lo que hay a nuestro alrededor. Nos impide advertir la luz de nuestra vida. Sus matices. Sus claros y oscuros.

La vida no acontece en los futuros inciertos

La vida grita por ser vista, por ser escuchada. Te quiere acontecer y te quiere pertenecer. Pero estamos tan ocupados planeando futuros inciertos, escenarios en nuestra mente, prediciendo y (pre)viviendo catástrofes futuras que se nos escapa de las manos. Como se cuela el agua entre nuestros dedos.

“Coged las rosas mientras podáis veloz el tiempo vuela. La misma flor que hoy admiráis, mañana estará muerta…”
-Walt Whitman- 

¿Cuánto tiempo más quieres dejar pasar esperando a que llegue esa persona o a que el viento vuelva a soplar favorable para devolverte a la senda correcta? Como si tuvieras que retirarte a otra dimensión y la única solución fuera sentarte a esperar. Sin mover ni un dedo para explorar lo que tienes a tu alrededor, sin darle a aquello con lo que ya cuentas.

Perdiendo la oportunidad de alimentar nuestros sentidos, de disfrutar de lo pequeño y de lo diminuto que es tan grande a veces… Estar presentes aquí y ahora, en este preciso instante, con cada poro de nuestra piel alerta… es un pasaje a la vida. Un pasaje al disfrute, a la calma, a la conexión con uno mismo.

Existir es centrar nuestra mirada en el presente

Conexión que perdemos cuando nos acurrucamos temerosos de futuros inciertos. La espera sin “estar vivos” es como estar muertos en vida. Estamos insensibilizados. Creemos que nuestra historia puede esperar a que lleguen los momentos en los que el caprichoso azar nos brinde aquello que pensamos merecer.

Desconfiamos al ofrecer por temor a ser esos “tontos” engañados. Esperamos ganar si arriesgar cuando posponer el presente y su potencial es condenarse a la insensibilidad. Es taparse los ojos y continuar caminando. Si me tropiezo ya culparé a la vida de ser tan injusta.

Cuando focalizamos nuestra atención en lo que la vida “nos tiene” que dar, y no en lo que nosotros podemos hacer mientras estamos en ella, la impotencia y la frustración se harán compañeras permanentes de este viaje. En cambio cuando centramos nuestra existencia en lo que podemos obtener de la vida, en el intercambio que podemos hacer con ella… La mirada interior cambia.

La importancia de vivir con los ojos del alma bien abiertos

Cuando tenemos los ojos abiertos y el alma puesta en esa apertura de miras, vemos aquello que no podríamos ver de otra manera. Podemos ser capaces de percibir matices que pasarían desapercibidos si los ojos de nuestro ser permanecieran cerrados. Y es ahí, donde podemos ser capaces de disfrutar la vida.

No estamos hablando de grandes acontecimientos con repercusiones que todo el mundo perciba. Estamos hablando de algo mucho más íntimo y sensorial. Hablamos de alimentar nuestro ser con la cotidianeidad de estar vivos. De aprender de la naturaleza y todo lo que ella nos brinda con tanta generosidad.

Busca tu sentido de vida y saborea tu existencia. No la dejes pasar, porque esta vida es finita y busca encontrarse con tu despertar a cada segundo que pasa.

Alicia Garrido Martín

jueves, abril 20, 2017

El arte japonés de la aceptación: cómo abrazar la vulnerabilidad

Para los japoneses, hallarse desprovistos de todo en un momento puntual de la vida puede suponer dar un paso hacia la luz de un conocimiento increíble. Asumir la propia vulnerabilidad es una forma de coraje y el mecanismo que inicia el saludable arte de la resiliencia, ahí donde no perder nunca la perspectiva o las ganas de vivir.


En Japón, hay una expresión que empezó a utilizarse con frecuencia tras los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki. Esta expresión de algún modo volvió a adquirir una trascendencia notable tras el desastre del tsunami del 11 de marzo del 2011. “Shikata ga nai” significa “no hay más remedio, no hay alternativa o no hay nada que hacer”.

“La honestidad y la transparencia te hacen vulnerable. De cualquier forma, sé siempre honesto y siempre transparente”
-Teresa de Calcuta- 

Lejos de entender esta expresión desde una perspectiva derrotista, sumisa o negativa como lo haría cualquier occidental, los nipones se nutren de ella para entenderla de un modo más útil, más digno y trascendente. En estos casos de injusticia vital, la ira o el enojo no sirven de nada. Tampoco esa resistencia al sufrimiento donde uno queda eternamente cautivo del “por qué a mí o por qué ha ocurrido esta desgracia”.

La aceptación es el primer paso para la liberación. Uno nunca podrá desnudarse del todo de la pena y el dolor, queda claro, pero tras aceptar lo sucedido se permitirá a sí mismo seguir avanzando retomando algo esencial: la voluntad por vivir.

“Shikata ga nai” o el poder de la vulnerabilidad

Desde el terremoto del 2011 y el posterior desastre nuclear en la central de Fukushima, son muchos los periodistas occidentales que suelen viajar hasta el noroeste de Japónpara descubrir de qué manera persisten las huellas de la tragedia y cómo su gente está logrando poco a poco emerger del desastre. Es fascinante entender cómo se enfrentan al dolor de la pérdida y al impacto de verse desprovistos de la que hasta entonces había sido su vida.

Sin embargo, y por curioso que parezca, los periodistas que hacen este largo viaje se llevan a sus países algo más que un reportaje. Algo más que unos testimonios y unas fotografías impactantes. Se llevan sabiduría de vida, vuelven a las rutinas de su mundos occidentales con la clara sensación de ser diferentes por dentro. Un ejemplo de este coraje existencial lo ofrece el señor Sato Shigematsu, quien perdió en el tsunami a su esposa y a su hijo.

Cada mañana escribe un haiku. Es un poema compuesto por tres versos donde los japoneses hacen referencia a escenas de la naturaleza o a la vida cotidiana. El señor Shigematsu encuentra un gran alivio en este tipo de rutina, y no duda en mostrar a los periodistas uno de estos haikus:

“Desprovisto de pertenencias, desnudo
Sin embargo, bendecido por la Naturaleza
Acariciado por la brisa del verano que marca su inicio”.

Tal y como les explica este superviviente y a la vez víctima del tsumami del 2011, el valor de abrazar su vulnerabilidad cada mañana a través de un haiku le permite conectar consigo mismo mucho mejor para renovarse al igual que lo hace la propia naturaleza. Entiende también que la vida es incierta, implacable a veces. Cruel cuando así lo quiere.

Sin embargo, aprender a aceptar lo ocurrido o decirse a ellos mismos aquello de “Shikata ga nai” (acéptalo, no hay más remedio) le permite dejar a un lado la angustia para centrarse en lo necesario: reconstruir su vida, reconstruir su tierra.

Nana korobi ya oki: si te caes siete veces, levántate ocho

El dicho “Nana-Korobi, Ya-Oki” (si te caes siete veces te levantas ocho) es un viejo proverbio japonés que refleja ese ideal de resistencia tan presente en prácticamente todas las facetas de la cultura nipona. Esta esencia de superación la podemos ver en sus deportes, en su modo de llevar a cabo los negocios, de enfocar la educación o incluso en sus expresiones artísticas.

“El guerrero más sabio y fuerte está provisto del conocimiento de su propia vulnerabilidad” 

Ahora bien, cabe señalar que hay importantes matices en ese sentido de resistencia. Entenderlos nos será de gran utilidad y a su vez, nos permitirá acercarnos a una forma más delicada e igualmente eficaz a la hora de hacer frente a la adversidad. Veámoslo con detalle.

Las claves de la vulnerabilidad como forma de alcanzar la resistencia vital

Según un artículo publicado en el periódico “Japan Times“, practicar el arte de la aceptación o de “Shikata ga nai” genera cambios positivos en el organismo de la persona: se regula la tensión arterial y se reduce el impacto del estrés. Asumir la tragedia, tomar contacto con nuestra vulnerabilidad presente y nuestro dolor es un modo de dejar de luchar ante lo que ya no puede cambiarse.
  • Después del desastre del tsunami, la mayoría de los supervivientes que podían valerse por sí mismos, empezaron a ayudarse los unos a los otros siguiendo el lema “Ganbatte kudasai” (no hay que darse por vencidos). Los japoneses entienden que para afrontar una crisis o un momento de gran adversidad, hay aceptar las propias circunstancias y ser de utilidad tanto para uno mismo como para los demás.
  • Otro aspecto interesante en el que fijarnos es en su concepto de calma y paciencia. Los japoneses saben que todo tiene sus tiempos. Nadie puede recuperarse de un día para otro. La sanación de una mente y un corazón lleva tiempo, mucho tiempo, al igual que lleva tiempo volver a levantar un pueblo, una ciudad y un país entero.
Es necesario por tanto ser pacientes, prudentes pero a la vez, persistentes. Porque no importa cuántas veces nos haga caer la vida, el destino, el infortunio o la siempre implacable naturaleza con sus desastres: la rendición nunca tendrá cabida en nuestra mente. La humanidad siempre resiste y persiste, aprendamos entonces de esta sabiduría útil e interesante que nos regala la cultura nipona.

Valeria Sabater

miércoles, abril 19, 2017

¿Cuáles son los efectos del abandono del padre?

Muchos niños están creciendo en el mundo sin la presencia de un padre. Los índices de abandono siguen siendo muy altos, especialmente en los países latinoamericanos. Para algunos, esto se debe a problemas sociales como el desempleo y la pobreza. Para otros, el factor más importante es la cultura: en algunos entornos el abandono del padre llega a verse como algo relativamente normal.



Parece haber una fuerte relación entre los embarazos no planificados, especialmente en adolescentes, y el abandono del padre. Esto, sumado a patrones machistas de conducta, hacen que muchos hombres no evalúen como negativo el hecho de abandonar a un hijo.

“Campo abandonado, fuego proclamado”.
-Refrán anónimo-

Si bien es cierto que un ser humano puede crecer y evolucionar sin tener un padre comprometido a su lado, también lo es que quien sí cuenta con él tiene muchas y mejores oportunidades en la vida. Y también se dan los casos en los que la ausencia paterna se convierte en un lastre que deteriora significativamente la existencia.

¿Por qué necesitamos un padre y una madre?

El psicoanálisis postula que el amor materno es voraz y totalizante. La madre ejerce una influencia global sobre la vida de su bebé. Ella es el todo. Incide en lo grande y en lo pequeño, en lo trivial y en lo importante. Ella es el entorno, el universo en donde tiene lugar la vida de un niño. La dependencia es absoluta al comienzo de la vida.

El fuerte lazo que hay entre una madre y su hijo tiende a prolongarse en el tiempo. El niño sabe que depende para todo de ella y se pliega a sus lógicas. El suyo es un amor básicamente incondicional y esto le otorga seguridad al pequeño.

Algunos contamos con la fortuna de tener también un padre. Finalmente, hay un mundo más allá de la madre. El padre es un universo sobre el que la madre no tiene control pleno. Es la otra orilla de la realidad. Un tercero que entra a modular esa relación de absoluta dependencia. Representa el límite para esa simbiosis entre madre e hijo. Simbólicamente es la ley. Y también es el piso desde el cual aprendemos que el mundo no se adaptará a nosotros, sino todo lo contrario.

Las diferentes formas de abandono

Así como hay muchas maneras de acompañar a un niño, también hay diferentes maneras de abandonarlo. El padre ausente, en principio, es aquel que deja a la madre física y psicológicamente sola en la crianza de su hijo. Se desentiende de la contribución económica, de las tareas domésticas y le tiene sin cuidado lo que pasa con el niño.

Existen también los que abandonan emocionalmente, pero no físicamente. Sienten que los niños son asunto de la madre. Están ahí, pero no creen tener alguna responsabilidad en la crianza de los chicos. No hablan con ellos, no pasan tiempo con ellos, no tienen idea de cómo va su vida. Se limitan a pagar las facturas y a dar alguna que otra orden, de vez en cuando y a su conveniencia. No entran en interacción con los pequeños.

También están los que no abandonan emocionalmente, pero sí físicamente. Formaron otra familia o están lejos. Aun así tratan de estar al tanto de lo que le ocurre a sus hijos. Nunca pueden dedicarles tanto tiempo como quisieran, pero los tienen en su mente y en su corazón.
Las diferentes secuelas del abandono

Cada modalidad de abandono genera consecuencias propias. En el caso del padre completamente ausente, las secuelas van desde graves hasta muy graves. Si la figura paterna es sustituida, siempre parcialmente por alguien, el efecto va a ser menor. Si solo queda un vacío, los ecos de esa ausencia probablemente serán poco menos que devastadores.

Al no contar con un tercero en la diada madre-hijo, para el niño va a ser muy complicado individualizarse. Probablemente tendrá dificultades para explorar, para ampliar sus horizontes y confiar en sus capacidades. Cargará con una sensación de haber sido excluido, de tener una privación afectiva. No sirve que la madre sea “padre y madre a la vez”. Así ella quiera, su presencia nunca reemplazará la de ese tercero que siempre hará falta.

A los niños abandonados por su padre les cuesta mucho más adaptarse al mundo y a la realidad. Es probable que también desarrollen miedo a los vínculos afectivos profundos. Y pueden volverse “abandonadores” ellos también. Si son niñas, desconfiarán de los hombres, o confiarán en demasía, siempre para repetir el abandono que quieren superar.

Cuando el abandono es parcial, las consecuencias son menos evidentes. Aparecen los mismos rasgos, pero matizados y hasta cierto punto diluidos. De cualquier modo, la ausencia del padre abre una herida emocional profunda, especialmente en los primeros años de la vida. Su vacío jamás será llenado y, en cambio, la huella de su falta será muy difícil de borrar.

Edith Sánchez

martes, abril 18, 2017

Las personas con coraje son las que ven esperanza donde los demás ven oscuridad

La mayoría de los logros importantes han sido conseguidos por gente sobrado coraje que siguió intentándolo cuando a ojos de los demás parecía no haber esperanza. La valentía y la fe que caracteriza a estas personas les hace ganar en confianza y seguridad en sí mismas, haciéndolas más determinadas en sus propósitos.



Nuestros deseos solo podrán convertirse en realidad si tenemos la valentía de perseguirlos. Habrá miles de obstáculos en cualquiera que sea el camino que queramos transitar, pero no por eso tenemos que desistir. El futuro pertenece a quiénes tienen el coraje de creer en ellos mismos, al mismo tiempo que no pierden la fe en los demás.

Las personas en las que el coraje gana a los miedos y que se adentran en lo desconocido a pesar del riesgo. Wiston Churchill dijo una vez que “el coraje es considerado con justicia la más avanzada de las virtudes, porque todas las demás dependen de él”.

Sin coraje no hay futuro. No nos podemos dejar constantemente para después. La esperanza que nos brinda nuestra lucha nos hace ver que la crisis puede esperar, pero la vida no. 
Afronta tu camino con decisión, no tengas miedo de las críticas de los demás. Y, sobre todo, no te dejes paralizar por tus propias críticas.

El secreto de la felicidad está en la libertad, el de la libertad en el coraje

Nadie puede ser perfectamente feliz si no es perfectamente libre. La verdadera libertad es la libertad que reside en la mente, y solo podemos ser libres cuando decidimos serlo, cuando tenemos el coraje de elegirlo. La diferencia entre libertad y dependencia no está en la ausencia de miedo, ni de confianza, sino el coraje de actuar de todos modos.

A lo largo de la vida, hemos identificado muchas situaciones y aspectos de la misma que deseamos. Como dice Paulo Coelho, no existe el nacimiento de un deseo sin la posibilidad de hacerlo realidad; a la hora hacer realidad nuestros deseos es cuando dependemos de nuestra libertad.

No hay camino sencillo hacia la libertad en ninguna parte y muchos de nosotros tendremos que pasar a través de un valle de lagrimas una y otra vez antes de alcanzar la cima de la montaña de nuestros deseos. El éxito no es el final, el fracaso no es fatal; es el coraje para continuar lo determinará la perspectiva desde la que enfocaremos los problemas. 
Al querer la libertad descubrimos que ella depende enteramente de nuestro coraje por la vida.

¿Es el coraje la principal característica de los líderes?

El coraje es una de las características principales que distinguen a un verdadero líder. Siempre tiene que estar visible en las palabras y las acciones. Es absolutamente indispensable para el éxito, para la felicidad y para lograr la habilidad de motivarnos. Un líder no es más valiente que un hombre normal, pero es valiente cinco minutos más.

El coraje es una habilidad y por lo tanto se aprende. El liderazgo requiere de esta cualidad, porque un líder debe tener la valentía de tomar decisiones aunque sean impopulares. Cuando nos encontramos en una posición de responsabilidad, dirección y liderazgo es esencial creer en nuestras competencias para que los demás también lo hagan.

El reto de conseguir transformar nuestra realidad se fundamenta en un reto vital que consiste en liderarse a uno mismo. Para liderarnos a nosotros mismos tenemos que tener la valentía de aceptarnos. El hombre no puede sentirse a gusto sin su propia aprobación.

Una frase de Richard Hamming resume a la perfección el poder del coraje en nuestras vidas; una vez que hayamos sacado la valentía de creer que podemos hacer cosas importantes, entonces estaremos ante la posibilidad de hacerlo. Si, por el contrario, pensamos que no podemos, seremos nosotros mismos quienes eliminemos esta posibilidad.

Fátima Servián Franco

lunes, abril 17, 2017

Agradecer no es cortesía, sino la señal de un poder extraordinario

Agradecer para muchos es un acto de cortesía casi automático. Das gracias cuando te dan un regalo, cuando te hacen un favor o cuando otros tienen un gesto de amabilidad. El resto del tiempo no parece que sea importante agradecer por algo. La gratitud, entonces, se ha reducido a unas circunstancias específicas, básicamente de corte social.



Incluso en esas situaciones puntuales en las que cabe agradecer, muchas veces la gratitud no se experimenta desde el fondo del corazón. Solo en los casos más extremos decimos ese “gracias” con total convicción. Y pasado un tiempo el sentimiento se desvanece.


“Seamos agradecidos con las personas que nos hacen felices, ellos son los encantadores jardineros que hacen florecer nuestra alma”.
-Marcel Proust-

Habrá quien piense que esto es lo adecuado. De eso se trata: decir “gracias” en el momento justo y, si es posible, devolver el favor, o la atención que nos han prodigado. ¿Para qué más? Aunque en el mundo actual eso sea cierto, actuando de esa manera en realidad estamos banalizando la gratitud. Olvidamos que esta es una fuerza extraordinaria, que contribuye a tener una mejor salud mental y que muchas veces desaprovechamos.

Agradecer es mucho más que decir “gracias”

La gratitud es un sentimiento alegre. Incluso si el agradecimiento se debe a algo que se ha recibido en un momento triste. En todos los casos, el agradecer nos remite a un hecho agradable que nos llena de satisfacción. De hecho, la palabra “gratitud” viene de “gracia”. Y lo “grato” se define como algo que nos causa bienestar o complacencia.

Se agradece a alguien cuando hay consciencia de que se recibe más de lo que se da. Por eso, inmediatamente surge el sentimiento de que se ha obtenido una ganancia. Así, espontáneamente surge la necesidad de agradecer por ese “plus” que se ha recibido.

La gratitud implica entonces no solamente una fórmula de cortesía, sino una experiencia de satisfacción, de alegría y, por qué no, de felicidad. Quien está agradecido, está feliz. Y más feliz es quien es consciente de la gran cantidad de motivos que tiene para mostrarse agradecido.

¿Por qué a muchos les cuesta agradecer?

Hay muchas personas que sienten que no tienen nada que agradecerle a los demás. Enumeran detalladamente las ocasiones en las que necesitaron algo y no recibieron la ayuda esperada. O la infinita cantidad de situaciones en que dieron algo a los demás y no fueron correspondidos. Su balanza entre lo que dan y lo que reciben siempre se inclina en contra de la gratitud.

Probablemente opera una lógica en la que los demás siempre están en deuda. Se espera de los otros más de lo que pueden dar y por eso, obviamente, siempre se quedan cortos. Creen que “pudieron haber dado más”. Así que, ¿por qué agradecer?

Quienes piensan así suelen ser las personas muy mimadas o cuyo ego ha sido exaltado desmedidamente. Cuando hay una alta dosis de narcisismo nunca será suficiente lo que den los otros, o lo que les proporcione la vida. Siempre van a sentir que se merecía más y, por supuesto, van a existir muchos más motivos para renegar que para agradecer.

La gratitud tiene poder

El agradecimiento es algo que se da al otro, a los otros, o a algo abstracto. Pertenece al mundo del dar, no del recibir. Pero como se anotaba antes, el solo hecho de estar en actitud de agradecer, implica un gusto, una satisfacción, una suerte de felicidad. También ennoblece el corazón.

De no ser por las acciones de otros probablemente ni siquiera estaríamos vivos. Si lo estamos es gracias a esa madre que nos gestó, que sufrió los dolores del parto para darnos a luz y que preservó nuestra vida cuando no podíamos hacerlo por nosotros mismos. No importa si ella misma no estaba lista para ser madre, o si pudo hacerlo mejor. Es solo acto de la maternidad ya implica una ofrenda. También cuentan quienes ayudaron a que naciéramos, a que creciéramos, a que no muriéramos en esos vulnerables primeros años.

De ahí en adelante tenemos maestros que nos han instruido, compañeros de juegos, a veces amigos que nos han escuchado, a veces amores que han apostado por nosotros, a veces gente que ha confiado en nuestro trabajo. Nuestro día a día es posible gracias a muchas personas, pero a veces no lo notamos. No somos capaces de ver su gran aporte. Más bien nos concentramos en lo que dejan de hacer.

Vivir agradecidos es vivir muy cerca de la felicidad. Más que una virtud, o un valor, es una actitud frente a la vida. Solo se puede agradecer si se es humilde. Si se comprende que nadie nos debe nada, ni tiene la obligación de complacernos. Cuando entendemos eso, damos un gran paso hacia adelante.

Edith Sánchez