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jueves, junio 29, 2017

¿Cómo se relacionan la personalidad y las emociones?

Cada uno somos como somos, igual que nadie es exactamente el que fue, eso está claro. Pero, ¿alguna vez te has planteado hasta qué punto influye tu manera de ser en cómo te sientes o en que aparezcan en tu vida más emociones positivas o negativas? ¿Hasta qué punto influye tu personalidad en la inclinación de esta balanza?



Si somos felices, nuestra salud mental será mejor, sentiremos mayor bienestar subjetivo y nuestra satisfacción con la vida será más alta. ¡Descubre si tus rasgos de personalidad hacen que tu felicidad sea mayor o, si por el contrario, hacen que predominen las emociones negativas en tu vida!

“¿Quién soy? Estoy tratando de averiguarlo”
-Jorge Luis Borges-

¿Por qué es beneficioso el afecto positivo?

El afecto positivo es la propensión a experimentar más emociones positivas que negativas a lo largo del tiempo. Estas emociones agradables hacen que las personas tengan un repertorio de conductas más amplio y rico que el de aquellas que sienten más malestar emocional. Además, promueve hábitos de vida saludable, por lo que es un eficaz medio de prevención.

Esto hace que la satisfacción con la vida sea mayor. Esta satisfacción es la percepción que tenemos cada uno de nosotros de la cantidad y de la calidad de la felicidad de la que disfrutamos. Pero, ¿qué importancia tiene esto en nuestro bienestar? Mucha. Y no solo a nivel psicológico, sino también a nivel físico. Una alta satisfacción con la vida está relacionada con una mayor esperanza de vida, salud y longevidad.

De hecho, supone una ventaja en el equilibrio hormonal, así como en otros indicadores tanto del sistema fisiológico como del inmune. Pero también se asocia a mayor satisfacción con nuestras relaciones sociales (tanto de amistad como de pareja) y con nuestro salario y trabajo. Por último, hace que tengamos unas estrategias de afrontamiento adaptativas, orientadas a la solución de problemas.

La personalidad y la felicidad

Se han llevado a cabo numerosos estudios sobre cómo influyen los rasgos de personalidad en el tipo de emociones que predominan en nuestras vidas. Así, se ha encontrado que el neuroticismo está relacionado con la afectividad negativa, mientras que la extraversión está relacionada con la positiva. Dicho de otro modo, las personas intravertidas suelen puntuar más alto en afecto negativo y las extravertidas en afecto positivo.

“Los pensamientos son los ladrillos con los que has de construir el edificio de tu personalidad. El pensamiento determina el destino. El mundo que te rodea es el reflejo de tus propios pensamientos”
-Swami Sivananda-

Ahora veamos los distintos tipos de personalidad afectiva. Encontramos cuatro. El primero lo engloban las personas autoconstructivas, que puntúan alto en afecto positivo y bajo en negativo. Este primer tipo, como es lógico, presenta mayores niveles de felicidad o bienestar subjetivo.

El segundo tipo de personalidad es el afectivo-alto. La tendrían aquellas personas con un afecto intenso, tanto hacia el polo positivo como hacia el negativo. Son los siguientes más felices. Les siguen los del tercer tipo: los afectivos bajos. ¿Quiénes son estos? Los que presentan bajos niveles de ambos tipos de afectos.

Por último, los menos felices serían los del tipo de personalidad afectiva autodestructiva. Estas personas presentan bajos niveles de afectividad positiva, pero altos niveles de afectividad negativa. Dicho esto, no es difícil imaginar que sus niveles de bienestar subjetivo sean los más bajos.

La personalidad y la resiliencia

En estas investigaciones se ha encontrado que el tipo autoconstructivo presenta altas puntuaciones en extraversión y bajas en neuroticismo. Pero no solo eso, también obtienen altas puntuaciones en otro rasgo que no hemos mencionado hasta ahora: la responsabilidad.

“A veces, ante la mala manera de ser de los otros, uno se siente orgulloso de ser uno mismo y no otro”
-André Maurois-

Este perfil de personalidad no solo se relaciona con unos niveles más altos de felicidad, sino que también se asocia a una mayor resiliencia: la capacidad de ver las dificultades como retos que superar y de los que salir reforzados, en lugar de verlos como muros infranqueables o amenazas.

Así, las personas que no se ven capaces de afrontar las situaciones cuadran con el perfil vulnerable o inhibido. O lo que es lo mismo: con el tipo autodestructivo. Visto esto, se puede asumir que la personalidad tiene una fuerte relación con nuestra salud global, influyendo en los distintos ámbitos de nuestra vida, como nuestro estado emocional, con todo lo que esto significa.

Laura Reguera Carretero

miércoles, junio 28, 2017

Hay un dolor que enseña, que esculpe y nos conecta a los demás

Hay dos tipos de dolor: uno capaz de encerrarnos en nosotros mismos, ese que crea traumas, ese por cuyas heridas ya no suele entrar la luz. El otro es el que nos enseña, el que nos confiere un corazón de grafeno y esa fortaleza inconmensurable donde además, se aviva en nosotros la capacidad de conectar mucho mejor con los demás, de ser más sensibles y receptivos al sufrimiento ajeno.



Decía Dante que quien sabe de dolor sabe de todo. Ahora bien, ¿quiere decir esto que estamos casi obligados a tener que sufrir para adquirir un auténtico aprendizaje de lo que es la vida? Hay matices. En realidad, podríamos decir que en lo que se refiere al plano psicológico y a ese escenario más íntimo, atómico a la vez que extraño que define nuestro universo interno, hay detalles que conviene desgranar, afinar e hilvanar.

“Si tuviera la posibilidad de elegir entre la experiencia del dolor y la nada, elegiría el dolor”.
-William Faulkner-

El primer aspecto a en cuenta es que el dolor surge del cerebro. Es él quien tras recibir determinadas señales de nuestro entorno, de nuestro cuerpo y de nuestros sentidos, las interpreta en pocos segundos y decide al instante si generar o no una sensación e dolor. Es como un alarma, cómo quien oprime el botón del pánico cuando está siendo atacado, cuando algo o alguien atenta contra nuestro bienestar físico o emocional. Contra nuestra supervivencia misma.

Sin embargo, y aquí viene sin duda lo más interesante, toda señal de dolor sentida y percibida tiene una finalidad. Son señales de advertencia que no podemos ignorar y ante las cuales, hay que reaccionar. Cuando ponemos el dedo en el fuego el cerebro nos enviará una señal de dolor intenso, pero cuando lo retiremos, enviará al instante una serie de neuroquímicos con los que aliviar el sufrimiento.

Así, en el plano emocional ocurre casi lo mismo que en el físico. Cuando sufrimos un trauma, cuando experimentamos una decepción, una ruptura, etc., el cerebro también interpreta estos hechos como agresiones, como auténticas “quemaduras”. El dolor es una invitación directa a que reaccionemos, a que actuemos, a que pongamos en práctica adecuadas estrategias de afrontamiento, a que apartemos la mano del fuego… Y el aprendizaje obtenido sobre ello, ya nunca se olvida.

El dolor y la felicidad

Fue Aldous Huxley quien nos enseñó que vivir en un estado de placer sin fin puede erigir auténticas sociedades distópicas, tal y como pudimos descubrir en su novela ” Un mundo feliz” . Aunque la idea de placer sin fin nos parece idílico, la realidad es a menudo muy diferente. De algún modo, podríamos decir casi sin equivocarnos, que el ser humano necesita “pequeños” toques o pinchazos de dolor para experimentar el contraste del placer.

Por ejemplo, pocas cosas pueden ser más reconfortantes en una fría noche de invierno que llegar a casa y tomarnos un chocolate caliente. Los atletas, por su parte, experimentan también una notable euforia después de un intenso esfuerzo físico, ahí donde las endorfinas y otros opiáceos endógenos median en esa sensación de bienestar tan reconfortante que aplaca, en cierta medida, el dolor de un cuerpo que se lleva al límite.

Si decimos por tanto que el dolor puede en realidad aumentar el sentimiento de placer y la felicidad no es ninguna contradicción, no es ninguna ironía. Son muchos los estudios publicados al respecto de esta relación, como el publicado en la revista “Personality and Social Psychology Review“, donde se nos explica que el sufrimiento puntual y adecuadamente gestionado y afrontado, promueve la sensación de placer y nos mantiene conectados con el mundo que nos rodea.

Pensemos por ejemplo en todas esas veces a lo largo de nuestra vida, en que fuimos fuertes. Esos momentos en que no tuvimos otra opción más que la de ser valientes. Tal vez fue una enfermedad, tal vez una pérdida, puede que la peor decepción de nuestras vidas o la más traumática de las humillaciones.

Haber superado el periplo de ese viaje interno, desgarrador a instantes, durísimo siempre a la vez que privado, ha hecho que dispongamos ahora de un tendón psíquico excepcional. Gracias a él nos sentimos más libres, más dignos y con mejores herramientas para disfrutar y construir nuestra felicidad.

Manejar el dolor, aprender a dejar de sufrir

Señalábamos al inicio que el sufrimiento emocional es interpretado por nuestro cerebro como una auténtica quemadura. No lo decimos nosotros, no es una metáfora fácil, sino una realidad evidente que nos demostró una interesante investigación publicada hace unos años en la revista científica ‘Proceedings of the National Academy of Sciences’. 

“Quien quisiera que el hombre no conociera el dolor, evitaría al mismo tiempo el conocimiento del placer y reduciría al mismo hombre a la nada”
-Michel de Montaigne-

Gracias a la neurociencia sabemos por tanto que cuando alguien nos dice aquello de que el “dolor está en tu cabeza” no se equivoca, es real y es auténtico, porque existe una estructura muy compleja, la corteza cingulada anterior, que no distingue entre el dolor psíquico y el corporal, para ella todo es lo mismo, y de ahí, lo devastador que nos resulta en ocasiones el sufrimiento emocional…

Ahora bien, si el sufrimiento se localiza en nuestra cabeza y lo rige el cerebro… ¿Podemos “desactivarlo”? En lo primero que suelen pensar muchas personas es en los fármacos. Bien, cabe recordar que ni los analgésicos ni los antidepresivos son la solución, porque lo que consiguen en la corteza cingulada es adormecer el dolor, pero jamás lograrán apaciguar o resolver la angustia emocional.

El dolor, y esto conviene recordarlo, es una llamada de atención. Es el faro incandescente que nos avisa desde la orilla de que hay un riesgo inminente, de que podemos chocar contra los arrecifes. Si decidimos escondernos en la bodega como un polizón no solucionaremos el problema: el riesgo seguirá ahí.

Por tanto, la única salida posible es girar el rumbo, alzar velas y tomar con fuerza el timón de nuestras vidas para buscar mares más serenos, corrientes más propicias y vientos más esperanzadores. El aprendizaje obtenido tras esta experiencia, nos hará únicos y nos conectará mucho más a la vida.

Valeria Sabater

martes, junio 27, 2017

3 ejercicios para fomentar la gratitud

Desde pequeños nos han inculcado que tenemos que ser educados. Así, sería recomendable pedir las cosas de buenas maneras y mostrar gratitud cuando alguien hace algo por nosotros. ¿Cuántas veces nos dijeron nuestros mayores el “qué se dice”? ¿Y qué respondíamos nosotros automáticamente? “¡Gracias!”


Al igual que nuestros padres en su día, nosotros hacemos lo mismo con nuestros hijos. Consideramos fundamental que sean agradecidos pero, ¿lo somos nosotros en nuestro día a día? La realidad es que tenemos muchas cosas por las que sentirnos así… ¡Aprende a fomentar tu gratitud para sentirte mejor!

“La gratitud no es sólo la mayor de las virtudes. Está emparentada con todas las demás”
-Marco Tulio Cicerón-

Potenciar la gratitud para aumentar nuestro bienestar

La gratitud es un sentimiento que aparece cuando percibimos que la vida, y quienes forman parte de ella, nos sonríe en pequeños y grandes detalles. En algunas ocasiones puede darnos la sensación de que carece de importancia, pero saber utilizarla y potenciarla nos va a ayudar a que aparezcan más emociones agradables, de forma que aumente nuestro afecto positivo.

Cuando la utilizamos en su justa medida, y está equilibrada, podemos potenciarla. ¿Cómo? En primer lugar, te recomiendo que busques un momento del día para pensar sobre algo que te haya gustado, un detalle, una palabra, un acto… de la persona a la que queremos mostrar gratitud. Dicha persona puede ser nuestra pareja, un amigo, un familiar o alguien con quien convivamos.


“Olvida que has dado para recordar lo recibido”
-Mariano Aguiló-

Una vez que tengamos en mente qué es lo que le queremos agradecer, podemos escribirle un mensaje personalizado y concreto que sirva como prueba de nuestro agradecimiento, reflejando cuánto lo valoramos. Anotaremos también la fecha en la que lo hemos escrito y lo esconderemos entre sus cosas, de manera que pueda encontrarlo sin esperárselo.

Así, cuando abra su cartera o coja sus calcetines, encontrará una bonita sorpresa que hará que esa persona sienta a su vez lo mismo que tú: gratitud. Si hacemos esto una vez a la semana… ¡Imaginaos los efectos! Además, no tenemos que hacerlo necesariamente con papel y boli; teniendo en cuenta las nuevas tecnologías, las vías en las que hacerle llegar ese mensaje tan especial se multiplican.

La gratitud ni en exceso ni en defecto: ¡equilibrada!

Ahora ya sabemos cómo potenciar la gratitud cuando la usamos en su justa medida. Sin embargo, puede que la utilicemos poco o demasiado… ¿Cómo podemos equilibrarla? En el caso de que hagamos un uso escaso de ella, vamos a tratar de incrementarlo agradeciéndonos las cosas a nosotros mismos, ya que la gratitud empieza en cada uno.

“Un hombre orgulloso rara vez es agradecido, porque piensa que todo se lo merece”
-Henry Ward Beecher-

Para ello, podemos empezar el día mimándonos. Podemos levantarnos 10 minutos antes y escuchar a nuestro cuerpo, ya que nos comunica sus necesidades en todo momento, pero para percibirlas tenemos que prestarle atención. Así, chequearemos nuestra expresión facial y el estado de nuestra piel, así como del cuerpo en su conjunto.

Una vez observado qué necesita, vamos a disfrutar de un momento de cuidarnos a nosotros mismos en la ducha. Con este fin, nos podemos dar un masaje con la esponja, tomando conciencia de las sensaciones agradables que aparecen al hacerlo. Además, si nuestra piel está seca, podemos aplicarnos de la misma manera crema hidratante. Así, propiciaremos una sensación agradable en cada centímetro de nuestra piel.

¡No a una gratitud demasiado utilizada!

¿Por qué nos puede perjudicar una gratitud excesiva? Muy sencillo: puede dar la impresión de que no estamos siendo sinceros, lo que va a minar nuestras relaciones sociales. Debido a esto, es importante saber utilizarla con la persona idónea en el momento adecuado. La gratitud, así, también demanda inteligencia en su expresión.

Para conseguir esto, podemos llevar a cabo un registro durante una semana, donde apuntaremos las veces que damos las gracias, así como la reacción de los demás a nuestra gratitud. Una vez que hayan pasado los siete días, podremos ver si alguien nos ha comunicado que no era necesario que diéramos tanto las gracias.

O puede que las otras personas casi ni reaccionen cuando hemos mostrado gratitud, dada la alta frecuencia con la que lo hacemos. La alternativa puede ser buscar otras formas distintas de ser agradecidos. De esta manera, consiguiendo que el agradecimiento genere finalmente un impacto tanto en ti como en la otra persona, así como en vuestra relación… ¡Pon en marcha estos sencillos ejercicios para equilibrar y potenciar tu gratitud!

Laura Reguera Carretero

lunes, junio 26, 2017

Si pudiera hacerte un regalo

Si pudiera hacerte un regalo te regalaría una mirada desde mis ojos, porque no sabes todo lo que se ve. Se ve una persona maravillosa, se ven cosas que nadie más puede ver y tengo la suerte de poder regalártelo. A través de mis ojos, que sí te ven y que también te miran.



Veo a una persona madura, pero que no por ello deja de hacer tonterías. Veo a una persona fuerte que ha sabido ir superando lo que le venía sin bajar los brazos ni maldecir al mismo viento de fortuna que otras veces te ha empujado.

Desde mis ojos veo una persona alocada, que sabe cómo hacer reír y lo mejor es que siempre está dispuesta a hacerlo. Veo una persona con ansias de aventuras, que teje sus alas con paciencia pero con ganas, que quiere exprimir experiencias y no quedarse sentada en el sofá; que no renuncia a escribir una parte del guión de su vida, sabiendo que la otra parte te lo darán escrito.

Si pudiera prestarte por un rato mis ojos verías todo lo que te quiero y todo lo que guardo de las dos; aunque es una cuenta extraña nuestra suma, ya que el resultado siempre da más que lo que somos. Verías que cada recuerdo está metido en una caja fuerte, porque son tan valiosos que jamás pueden perderse, la clave para abrirla solo la sabemos tú y yo.

Te regalaría también todos mis planes secretos, todo lo que quiero para las dos, porque aunque llevemos toda la vida juntas, nos queda aún muchos recuerdos que coleccionar… porque a ganas de vivir, y a vivir con ganas, no nos gana nadie. También me gustaría poder atrapar todos tus miedos para que pudieras dormir tranquila siempre, que sepas que yo voy a cuidar de ti, intentaré hacerlo tan bien como tú lo haces conmigo. Tú y yo hacemos un diccionario propio que empieza por complicidad. 

Te regalo todo lo que quiero para ti

Así es, te regalo el saber que voy a intentar a tu lado en los días que peor te portes conmigo porque sospecho que en esos días será cuando más me vas a necesitar. Sí, te lo digo por experiencia propia. Porque también te regalo mis días más odiosos: sé que de ellos serás capaz de rescatar algo de valor.

Te regalo el saber que puedes descargarte conmigo igual que lo hace la lluvia cuando empapa el suelo. Te regalo toda la paz que necesites y te regalo el amor que mereces, aunque alguna vez tenga que hacer cola para dártelo.

Te regalo una conversación por la noche, una cerveza por la tarde y los cinco minutos que siempre pides antes de levantarte, te regalo todo lo que quieras, porque tú también me lo regalas a mí. Te regalo la visión del mundo que compartimos, porque entre las dos lo hacemos mejor. Lo vemos en la misma escala cromática desde puntos diferentes y lo mejor es que complementamos, lo que a una le falta con lo que a la otra le sobra.

Quiero que sigas volando y que sepas que siempre estaré en tu base segura. Puedes alejarte un rato sin miedo. Una corazonada me dice que volverás y aquí estaré: puedes decir y hacer, porque te apoyaré, aunque a veces no de la forma que tú quieres.

Sigue cumpliendo metas y tachando metas de tu larga lista, sigue incluyéndome en tus planes porque no sabes lo feliz que eso me hace. Sigue con esa sonrisa y con tus locuras, sigue haciendo bailar a todo aquel que te rodea, sigue llenando la vida de todos los que tenemos la suerte de compartirla a tu lado.

El amor no es solo cosa de parejas

El amor es esto, complicidad y felicidad, lo que da vida e impulsa y así me siento, porque lo nuestro también puede ser de otro planeta, lo nuestro también puede ser especial… y aunque no tengamos mariposas en la tripa, es amor de verdad, es amor de hermanas.

Te regalo cada una de las veces que me has hecho quererte. Te paso la cuenta: son mil al día. Te regalo cada una de las risas que has llenado y te regalo también todo el amor que me das, de la forma tan íntima que de tuya ha pasado a ser nuestra.

No puedo regalarte mis brazos, pero puedo sí quiero regalarte la fuerza que soy capaz de generar con ellos. No te los puedo reglar porque he comparado un montón de cajas vacías para que las llenemos juntas. Porque en nuestras manos está la posibilidad de seguir haciendo magia y elevar al cuadrado el significado de la sangre que nos une y que nos hace hermanas.

Adriana Díez

domingo, junio 25, 2017

Cuando de pronto, somos el “lobo” en el cuento de alguien

A veces, casi sin darnos cuenta, nos convertimos en los malos del cuento, en el “lobo” de Caperucita Roja. Somos ese alguien que por dar una negativa a tiempo, decir la verdad en voz alta o por actuar de acuerdo a sus valores se convierte al instante en el personaje malévolo de la historia, en el responsable de que esa fábula no sea de color de rosa ni tenga la narrativa que alguien quiso dictarnos.



Si hay algo realmente peligroso y poco adecuado es hacer uso de esa dicotomía tan radical que gusta diferenciar a las personas entre buenas y malas. Lo hacemos tan a menudo que apenas nos damos cuenta. Por ejemplo, si un niño es obediente, tranquilo y silencioso decimos al instante que es “bueno”. Por el contrario, el que tiene carácter, es contestón, inquieto y muy proclive a las rabietas, no dudamos en decirle en voz alta aquello de “eres un niño malo”.

“Un cuento siempre adquiere los colores que le otorgan el narrador, el ámbito en que se cuenta y el receptor”
-Jostein Gaarder-

Es como si muchos de nosotros dispusiéramos de un férreo esquema auto-construido sobre lo que esperamos de los demás, sobre lo que consideramos como adecuado y respetable, sobre lo que entendemos como nobleza o bondad. Así, cuando algo de esto falla, cuando un solo elemento de esa receta interna no se cumple, no se expresa o no aparece, no dudamos en calificar a esa persona como desconsiderada, tóxica o incluso “malvada”.

Ser el lobo en el cuento de alguien es algo bastante común. Sin embargo, en muchos de estos casos es necesario analizar a la persona que habita bajo la caperuza roja.

Cuando crear nuestros propios “cuentos” nos confiere seguridad

Caperucita es una niña obediente. En su trayecto por el bosque sabe que no debe salirse del camino marcado, que hay seguir las normas, actuar según lo establecido. Sin embargo, cuando aparece el lobo sus perspectivas cambian… Se deja cautivar por las bellezas del bosque, por el sonido de los pájaros, el tacto de las flores, la fragancia de ese mundo nuevo cargado de sensaciones. El lobo, en el cuento, representa por tanto la intuición y ese reverso más salvaje de la naturaleza humana.

Esta metáfora nos sirve sin duda para entender un poco más muchas de esas dinámicas con las que nos encontramos a diario. Hay personas que, como Caperucita al inicio del cuento, muestran un comportamiento rígido y pautado. Tienen interiorizadas cómo deben ser las relaciones, cómo debe ser el buen amigo, el buen compañero de trabajo, el buen hijo y la excelente pareja… Sus cerebros están programados para buscar esas dinámicas en exclusiva y esa uniformidad, porque es así como obtiene lo que más necesita: seguridad.

No obstante, cuando acontece la disonancia, cuando alguien reacciona, actúa o responde de forma diferente al plan previsto, entran en pánico. Aparece la amenaza y el estrés. Una opinión contraria se ve como un ataque. Un plan opuesto, una negativa inofensiva o una decisión inesperada se siente al segundo como una desoladora decepción y como una inmensa afrenta.

Así, casi sin buscarlo, sin preverlo y sin ni tan solo quererlo, no convertimos en el “lobo” del cuento, en ese alguien que por seguir su intuición hirió al ser frágil que habitaba en el interior de una caperuza.

Por otro lado, hay algo que tampoco podemos negar: muchas veces nosotros mismos somos esa caperucita que comete el error de crear su propio cuento. Trazamos e ideamos planes sobre cómo debe ser nuestra vida, cómo esa familia ideal, como ese mejor amigo y ese amor perfecto que nunca falla y que encaja con todas nuestras piezas sueltas. Imaginarlo nos ilusiona, que ocurra nos dota de seguridad y luchar para que todo siga así nos define como persona.

Sin embargo, cuando el cuento deja de ser cuento y se convierte en un ensayo de la realidad, todo se derrumba y aparece al instante esa manada de lobos devorando nuestra fantasía casi imposible.

Ser el lobo, cuestión de valentía

Ser el lobo en el cuento de alguien no es agradable. Puede que existan razones concretas para que lo seamos y puede que no. Sea como sea, son vivencias incómodas para todas las partes. Ahora bien, hay un aspecto muy básico que no podemos dejar de lado. En ocasiones, ser el “malo” en la historia de alguien nos ha permitido ser el “bueno” en la nuestra. Pudimos ser, por ejemplo, ese héroe que fue capaz de salir de una relación desgastante e infeliz o ese personaje que se atrevió a poner “fin” a un relato que ya no daba más de sí.

El lobo siempre será malo si solo escuchamos a Caperucita

Antes de convertirnos en lobos domesticados habitando en fabulas imposibles, es conveniente aunar fuerzas y valentías, escuchar al propio instinto y actuar con inteligencia, respeto y astucia. Porque actuar según los propios principios, necesidades y valores no es responder con malicia. Es vivir de acuerdo al propio instinto, saber que en el bosque de la vida, no siempre los buenos son tan buenos ni los malos tan malos. Lo importante, es saber convivir con autenticidad, sin pieles ni caperuzas.

Valeria Sabater

sábado, junio 24, 2017

No soporto mirarme en el espejo

¿No soportas mirarte en el espejo? ¿No te gusta nada de lo que ves? Quizás, estés siendo demasiado duro contigo mismo, tal vez no ceses en tu empeño de compararte constantemente con las demás personas. Con esta manera de proceder, no te sientes suficiente, notas que no encajas y, sobre todo, que no eres capaz de adaptarte a los cánones de belleza impuestos.



Muchas personas tienen al espejo como su primer gran enemigo. Lo que ven no son capaces de aceptarlo, debido a que en su cabeza residen diferentes creencias de lo que se tendría que estar reflejando. Unas creencias que han conformado un puzzle muy dañino que se ha instalado con fuerza en su mente y que es necesario empezar a deshacer.
Aceptar esa imagen que ves reflejada en el espejo será muy importante para que puedas ser feliz.

La relación con tu cuerpo nunca ha sido fácil

Seguro que la relación con tu cuerpo nunca ha sido fácil, ¿verdad? Ya en la adolescencia empezó tu enemistad con ese espejo al que tantas veces te mirabas. No obstante, nada de lo que veías te gustaba y eso no mejoró con el tiempo, tan solo ha empeorado.

A medida que avanzas en edad van sucediendo determinadas circunstancias que pueden minar tu autoestima y la relación que tienes con tu cuerpo. En la adolescencia es adecuarse a ese canon de belleza tan perfecto y difícil de conseguir por algunas personas, pero en la edad madura hay otros factores que harán que esa autoestima, a veces, se desplome.

Un embarazo que ha podido dejarte una cicatriz fruto de una cesárea, un problema de tiroides que haya provocado que tiendas a subir de peso, todo esto puede favorecer a que te avergüences del cuerpo que ves en el espejo, una vergüenza que se potencia a medida que vas avanzando en edad. No olvides que a los 40 años no tendrás la piel tan tersa como a los 20, por ejemplo. Pero, entonces, si todo es relativo, si nunca vas a tener el cuerpo ideal que deseas, ¿qué ganas rechazándolo?

No ganas nada resistiéndote a lo que no cambiará por mucho que te esfuerces. En estos casos lo más sabio no es resignarse, sino aceptar.

Los cuerpos cambian, la piel cambia… ¿No te ha pasado que hoy te puedes ver muy bien y, tal vez, mañana no te gustas nada? Tu estado de ánimo influye en cómo te ves, en la manera en la que te percibes. Pero si le das tanta importancia a lo que ves en el espejo y te enemistas con esa imagen, no te sentirás bien, tu autoestima estará por los suelos, por lo que tu estado de ánimo no podrá ser tu aliado.

Cada día que te mires en el espejo enamórate de ti

¿Qué pasaría si no permitieses que la sociedad ejerciese tanto poder sobre ti? Piensa en cómo te verías en el espejo si no tuvieses ninguna creencia en cuanto al físico, con respecto a la edad o cómo debería ser o no tu piel, tu rostro, tu cuerpo…

El hecho de que no soportes mirarte al espejo no es porque no te gustes, es porque todo a tu alrededor te dice que si eres así o de otra manera no puedes gustarte. Pero esto va en contra de ti, de tu salud, de tu bienestar, de tu propia autoestima. ¿No va siendo hora ya de que aceptes lo que no puedes cambiar?

No importa si este año has subido más de peso, tampoco si para el año bajarás. Da igual si el año anterior te ha salido un acné terrible y que en este tienes tu piel algo mejor. Independientemente de la situación, de los cambios que haya sufrido tu exterior, tienes que verte cada día en el espejo, sonreírte y gustarte muchísimo.

No te avergüences de nada, no dejes de disfrutar de tu intimidad porque tienes estrías, celulitis, granos u otra serie de imperfecciones que son totalmente normales. ¡Sí! Normales, naturales y humanas. Nadie es perfecto, esta es una expectativa irreal que tienes en tu mente, pero no es cierta. Sabiendo esto, ¿a qué esperas para enamorarte de ti cada día que te mires en el espejo?

“He pesado 100 kilos, 80 y también 65. Mi cuerpo cambia cada año y lo he aceptado. Yo me miro en el espejo todos los días y me gusto muchísimo. Me encanta cada parte de mí, cada parte de mi cuerpo me apasiona”
-Andrea Compton-

Te propongo una práctica que sería muy positivo que la llevases a cabo a diario. Cada día, cuando te veas en el espejo, dedícate la mejor de tu sonrisas. Después, obsérvate bien, pero hazlo sin juzgarte. Acepta todo lo que veas, no hay nada malo en ti, pues no hay nada que juzgues como malo, negativo o desagradable.

Es normal que quizás te gustaría pesar menos o tener menos granos o tener el cabello más brillante. Sin embargo, ese “te gustaría” no tiene que ser un “entonces odio lo que ahora soy”. Acéptate en todas tus versiones, porque habrá muchas y cada una de ellas será igual de especial y maravillosa.

Raquel Lemos Rodríguez

viernes, junio 23, 2017

¿Conoces cómo es el duelo complicado o patológico?

Aquel que ha sufrido una pérdida muy cercana sabe de lo que hablamos. El duelo complicado o patológico es como una espiral de dolor que crece en nuestro interior haciendo cada vez más difícil respirar y vivir. Es ese aire que nos falta a diario, es ese consuelo que no existe, es esa desesperanza que nubla nuestro presente.



El duelo, esa fase completamente normal en la que todos nos sumergimos cuando acabamos de perder a alguien (o algo importante en nuestra vida), es ya de por sí un tiempo doloroso para el que lo vive. Pero cuando este se enquista, cuando este no tiene fin y cuando nos impide vivir en paz, estaríamos hablando de un estadio diferente. Ese salto cualitativo en el proceso nos conduce al llamado duelo complicado o patológico.

Es una especie de no-descanso emocional. Una tortura encarnada en nuestras rutinas, en nuestro sentir… en nuestro cuerpo. ¿Pero cómo podemos distinguir uno del otro? Es muy importante advertir estas diferencias porque condicionan la manera de trabajar con él. Además, ya sea desde un nivel profesional o desde la relación que uno mantiene con su propio duelo, la manera de trabajar también cambiará en función de si estamos en un estadio o en otro.

El duelo complicado aparece cuando se contiene o se niega el dolor

Hay muchas personas para las que el dolor es una especie de arena movediza de la que quieren salir, pero mientras se mueven o patalean sienten que cada día que pasan en el calendario están más atrapadas. Muchas veces la causa de esta sensación es que no han aprendido a relacionarse con su propio dolor. No han realizado este aprendizaje porque no han admitido que ese dolor existía, de hecho muchas de las personas que se quedan atrapadas en un duelo complicado jamás han admitido ese dolor, por muy evidentes que fueran los síntomas.

En este sentido existe un pensamiento en el seno de la sociedad –“dolerse es de cobardes, y hay que ser valientes, como me han inculcado desde bien pequeño”– que hace de cárcel para este dolor. Que lo silencia y lo reduce a la intimidad, el lugar donde esta bomba causa más destrozos y desgarros.

Este tipo de mecanismos de pensamiento no ayudan a transitar el camino del duelo. Lo empeoran. Lo enquistan. Tantas personas niegan su duelo… Se erigen como figuras indestructibles en sus familias y se tragan cualquier manifestación de “vulnerabilidad”. Porque “ahora no es momento de estar tristes”, “él nunca lo hubiera querido”.

Estos pensamientos no hacen sino enquistar el este proceso experimentando un duelo complicado. Lo niegan y lo escapsulan. Lo empujan debajo de la alfombra o lo relegan al baúl de los “objetos olvidados-siempre recordados”. Cuanto más esfuerzo hago por tapar algo y que no salga a la superficie, más engrandezco lo que estoy tapando, cediéndole al mismo tiempo el control de cómo se manifiesta. Llegará un punto en el que eso que hicimos para evitar el dolor sea inútil, y el dolor saldrá como la lava de un volcán que estaba esperando a erupcionar.

Nuestro cuerpo es sabio y expresará este dolor aunque nuestra mente lo distraiga

Si hay una “fuerza” en nuestro cuerpo que reprimimos, con total seguridad tendrá que salir por otro lado. Muchas veces estas personas desarrollan síntomas somáticos. Lo que no sale en forma de relato verbal, saldrá de manera corporal o conductual. No podemos engañar a nuestro ser. Somos mente y cuerpo. Nuestro cuerpo y nuestra mente están íntimamente ligados, de manera que las causas tienen efectos en los dos lugares.

Otras veces el duelo se complica cuando traspasa barreras a nivel temporal. Cuando pasan los años y el sufrimiento sigue estanco e inamovible. Cuando no ha perdido intensidad ni tampoco se ha revertido en un aprendizaje de vida.

Se intensifican los “síntomas” normales del duelo. Pueden desarrollar trastornos depresivos, cuadros de ansiedad, y una desadaptación a nivel conductual que impiden un funcionamiento normal en la vida de esa persona. Desarrollan síntomas que pueden llevar a otros problemas asociados. En estos casos ha de intervenirse cuanto antes para no añadir más sufrimiento al que ya existe.

La terapia te ayudará a buscar nuevos significados a esta experiencia tan dolorosa

Es muy importante no negar las emociones que uno experimenta, pero también es importante poder trabajar con ellas cuando estas nos desbordan a un punto que hacen imposible existir. La terapia nos ayudará a trabajar esta pérdida que se nos ha enquistado. Ya que cada persona es un mundo, con una riqueza totalmente única y diferente de la de los demás.

Siempre encontraremos pautas que nos ayuden a hacer más fácil el día a día cuando nos encontramos en esta situación. En este sentido es importante contar con alguien con quien compartir nuestro dolor. Alguien con quien poder ir construyendo poco a poco nuevos significados de esta experiencia. Una experiencia dolorosa, pero llena de sabiduría acerca de nuestra existencia.

No dudes en pedir ayuda cuando lo necesites y no reprimas tus verdaderas emociones por cómo te han enseñado que “deberías” reaccionar. Cada uno reacciona como su cuerpo le dicta. Escucha a tu cuerpo y dale una oportunidad para que sane o para que, directamente, no enferme.

Alicia Garrido Martín